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¿Por qué nos cuesta tanto la asociatividad?

Síntesis de una conversación en Redes Sociales
9 de junio de 2026 por
José Coloma Zapata

Hace unos días publicamos un vídeo en nuestras redes sociales, preguntando algo que muchas organizaciones sienten y experimentan, pero no siempre logran formular con claridad:

¿Por qué nos cuesta tanto la asociatividad?

La pregunta abrió una conversación intensa. En los comentarios aparecieron cientos de reacciones y reflexiones, que te queremos sintetizar.

Pareciera que la dificultad con lo común, lo colectivo y lo asociativo es una experiencia muy sentida en la sociedad chilena actual. Pero no tenemos muy claro qué está pasando o qué hacer al respecto (si es que queremos hacer algo).

Cinco grandes explicaciones

Pensamos que los argumentos que aparecieron en torno al video, se pueden organizar en 5 grandes explicaciones. A continuación te dejamos una breve descripción de cada una, junto a una selección de comentarios.

¿Te hacen sentido algunas de estas explicaciones?

1. Explicación moral: “la gente ya no se compromete”.

La dificultad para asociarnos se debe a la pérdida de compromiso, empatía, generosidad, responsabilidad y disposición a considerar al otro. La causa se ubica principalmente en las actitudes individuales: egoísmo, comodidad, falta de colaboración o interés solo por el beneficio personal.

“Egoísmo, individualidad, falta de generosidad y empatía.” / “Por qué todos piensan en si mismos y solo buscan ganancia personal.” / “No somos capaces de considerar al otro para hacer funcionar a la comunidad.”

2. Explicación emocional: “estamos cansados”.

La baja participación se asocia al agotamiento, la premura, el agobio y la falta de energía para sostener procesos colectivos lentos. Aquí no se culpa solamente a la persona: se reconoce que cooperar exige tiempo, paciencia, confianza y fuerza emocional que muchas veces ya no están disponibles.

“da como una sensación de agobio.” / “Hoy día cada cual se salva como puede.” / “la lógica de la inmediatez nos daña muchísimo.”

3. Explicación institucional: “ya no vale la pena confiar”.

No desconfiamos en abstracto: aparece una historia de malas experiencias con dirigentes, partidos, municipios, instituciones y organizaciones capturadas. La asociatividad se percibe como riesgosa porque puede terminar en clientelismo, corrupción, manipulación o desgaste.

“Son muy pocas las organizaciones de base popular que realmente funcionan para la comunidad. hoy la mayoría funciona para la política.” / “Porque los dirigente se apropian de las organizaciones.” / “Las instituciones están muy desprestigiadas...por personas de mal actuar.”

4. Explicación histórica o estructural: “el sistema nos empuja a competir”.

Esta explicación se centra en procesos estructurales de largo plazo: dictadura, neoliberalismo, capitalismo, consumismo, competencia, educación individualizante y debilitamiento del tejido social.

Aquí también habitan argumentos sobre el rol del estatismo y las ideologías de izquierda en desmovilizarnos, mal acostumbrarnos al "bono", resaltar las diferencias hasta la confrontación.

La idea común es que no nacimos simplemente individualistas, sino que fuimos formados en un orden que premia la competencia, el desacuerdo o la confrontación y desincentiva la cooperación.

“Este sistema implementado a fuego por la dictadura destruyó el tejido social!” / “El Neoliberalismo nos enfermó, nos puso egoístas.” / “se ha impulsado la idea que en vez que alguien pueda ser tu socio, es tu competencia.”

5. Explicación organizacional: “nuestras organizaciones están diseñadas para otra época”.

Aquí la dificultad no está solo en las personas ni en el sistema: también aparece en la forma concreta en que organizamos la cooperación. Se mencionan grupos que se formalizan sin conocerse, socios que actúan como clientes, organizaciones que no generan participación real y formatos que no se ajustan a los estilos de vida actuales.

“Lo que más complicado es lidiar con gente que se comporta como clientes.” / “inician una organización PJ sin conocerse lo suficiente entre los miembros.” / “hay que asumirla y comenzar a hacer comunidad pero no de las mismas formas de antaño.”

Un fenómeno multicausal

En Trabajo Vivo vemos estos problemas de cerca. Aparecen cuando un grupo quiere formalizarse, cuando una cooperativa intenta sostener participación, cuando una asociación depende siempre de las mismas personas, o cuando los socios comienzan a preguntar solo qué reciben, pero no siempre qué les toca aportar.

En todos esos casos, una sola explicación no basta. No alcanza con decir que “la gente ya no se compromete”. Tampoco basta con afirmar que “todo es culpa del sistema”. Ambas lecturas nombran algo importante, pero dejan fuera otras capas del problema.

Hemos cambiado. Las formas históricas de organización comunitaria, sindical, campesina o territorial que sostuvieron parte importante de la vida colectiva en otros momentos ya no funcionan del mismo modo. Hoy vivimos con otros ritmos, otras expectativas, otras inseguridades y otras formas de relación con las instituciones.

Por un lado, valoramos más nuestra autonomía, nuestra identidad y nuestros derechos. Esperamos ser reconocidos, tratados con justicia y respetados en nuestra diferencia. Pero, al mismo tiempo, muchas veces nos movemos en la vida social como consumidores exigentes: evaluando qué recibimos, desconfiando de lo que no funciona, reclamando soluciones rápidas y retirándonos cuando sentimos que el espacio no responde a nuestras expectativas inmediatas.

Esto también ocurre dentro de las organizaciones. A veces nos acercamos a una cooperativa, asociación o comunidad preguntando qué beneficio nos entrega, pero no siempre con la misma claridad sobre qué estamos dispuestos a construir, sostener o cuidar colectivamente.

Además, la vida cotidiana se ha vuelto más exigente. Muchas personas viven con poco tiempo, sobrecarga, endeudamiento, inseguridad y presión permanente por resolver su propia vida. En esas condiciones, participar no es simplemente una cuestión de voluntad.

A eso se suma un desgaste más profundo con las instituciones. Muchas promesas que organizaron la vida social durante décadas se han debilitado: estudiar para lograr movilidad social, participar de la democracia para vivir mejor, seguir las reglas para ser reconocido e integrado. Cuando esas promesas fallan, también se debilita la confianza en los proyectos comunes.

Por eso, en el ambiente aparece irritación, distancia, sospecha y cansancio. No siempre porque no queramos cooperar, sino porque muchas veces no sabemos cómo hacerlo en condiciones que han cambiado tanto.

Entonces la pregunta se vuelve más precisa: ¿cómo podrían nuestras organizaciones seguir teniendo sentido si las personas, los tiempos, las expectativas y las formas de vida han cambiado? ¿Cómo sostener cooperación entre personas más individualistas, más cansadas, más desconfiadas?

Esta columna es la primera de una serie de reflexiones que estamos preparando. Queremos pensar públicamente este problema, a partir de nuestra experiencia acompañando cooperativas, asociaciones y organizaciones asociativas, pero también escuchando lo que aparece en la conversación cotidiana.

En las próximas entradas queremos profundizar en las distintas capas que aparecieron en los comentarios: el cansancio, la desconfianza, la fabricación práctica del individualismo, la diferencia entre socios y clientes, y la necesidad de diseñar nuevas formas de cooperación.

Tal vez la pregunta no es solamente por qué cuesta tanto asociarnos. Tal vez la pregunta más importante es qué condiciones necesitamos construir para que la cooperación vuelva a ser posible, creíble y sostenible para personas como las que somos hoy.

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